lunes, 18 de abril de 2011

El llanto del payaso


No recuerdo muy bien muchas cosas o acontecimientos de mi niñez. Pero en mi mente están bien claros muchos momentos que he vivido en algunas Cuaresmas y Semanas Santas en mi querida Guatemala.

Dentro de mi familia tenemos una especial devoción por el Nazareno Mercedario, inculcada por nuestro abuelo (ya fallecido) y seguida por mi papá y mis tíos, quienes la mantienen y conservan y que ha pasado únicamente a mí, a mi hermana y a mi hermano. Es por ello que todos los viernes santos de mi vida, los he pasado acompañando al Patrón Jurado de la Ciudad de Guatemala, desde los brazos de mi papá y mi abuelo, hasta nuestros días, en los que voy acompañado de mi señor padre, mi hermano, mi mamá y mi hermana (ahora también mi novia; felizmente, se están incorporando nuevamente otros familiares).

Era un Viernes Santo de un año que ya no recuerdo. Estaba yo bastante pequeño, ya que ni siquiera llevaba aún sobre mis hombros a San Juan, discípulo amado de Nuestro Señor, pero ya acompañaba al Nazareno de Zúñiga, vestido como cucurucho, de la mano de mi papá. Acudíamos a la procesión y nos incorporábamos aproximadamente a las 9 o 10 de la mañana y siempre (esto lo guardo muy bien en mi memoria) nos despedíamos de Jesús en el parque infantil Colón. Y precisamente llevo dentro de mis recuerdos de Semana Santa, una marcha fúnebre, tan especial por su ritmo, sentimiento que imprime y por la intervención de un instrumento de viento en especial, el pícolo. Seguramente ya saben a qué marcha hago referencia, Ione, de Enrico Petrella. En las ocasiones que recuerdo haberla escuchado (y seguro por eso la llevo bien grabada en mi mente), siempre fue en las inmediaciones del parque Colón, a eso de las 2 de la tarde, cuando Jesús se dirigía ya hacia su templo. En una ocasión, mientras la banda de música interpretaba la mencionada marcha, y precisamente intervenía el pícolo, mi papá me dijo “es el payaso que está llorando, porque Jesús ya se va a morir”. Entonces en mi infantil mente recuerdo que me puse a buscar entre la banda al payaso que lloraba por la muerte de Nuestro Señor, y no lo encontré. De particular forma el “llanto del payaso” se quedó grabado para siempre en mi memoria. Luego del paso del Nazareno y la Madre Santísima, y viendo cómo enfilaba el cortejo por la 11 avenida, emprendíamos el retorno a nuestro hogar, y como escribió don Carlos Díaz del Cid “…acaso deja libre la mano derecha para despedirse de sus devotos…”, era esa la despedida del Nazareno a nosotros.

Naturalmente, hoy en día la marcha fúnebre Ione está entre mis marchas predilectas y es una de las que más me gusta escuchar, porque trae a mi mente esos recuerdos tan especiales de mi niñez, que conservo en mis memorias de Semanas Santas en Guatemala, y muy especialmente, con el Nazareno del templo custodiado por los félidos melenudos centinelas.

Sean estas memorias un homenaje a mi señor padre, Gilberto Ambrosio, y a mi abuelo, Julio Ambrosio, quienes me inculcaron el amor y devoción a Jesús de la Merced, que espero conservar y mantener en mi mente y corazón hasta que Él me lo permita.


Daniel Enrique Ambrosio Zapón

No hay comentarios:

Publicar un comentario